La persecución política no es una ficción ni un invento mediático; es una realidad que hoy viven los voceros de un proceso de paz que, hasta el momento, ha demostrado resultados claros y legítimos. El gobierno de Fico ha insistido en señalar, sin pruebas sólidas, a quienes están al frente de una mesa de diálogo que cuenta con aval legal y respaldo comunitario.
En medio de este panorama, la labor de Leonardo Muñoz Martínez como líder de la mesa de paz ha sido ejemplar. Con un enfoque en la reconciliación y el trabajo conjunto con la población y las autoridades, se han dado pasos importantes hacia la reparación de los daños causados por un pasado de conflictos y divisiones. Sin embargo, lejos de recibir apoyo, su labor es blanco de ataques constantes.
El valor del diálogo frente a la hostilidad
El avance de un proceso de paz no solo requiere de voluntad política, sino de garantías para quienes lo impulsan. Las recientes acciones del gobierno de Fico, en lugar de proteger a los mediadores, han creado un ambiente hostil que pone en riesgo la continuidad de los acuerdos.
La comunidad que respalda la mesa de paz ha manifestado su preocupación por la campaña de desprestigio y los intentos de deslegitimar un trabajo que se realiza dentro de los marcos legales. Este hostigamiento no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que abre la puerta a la polarización y al retroceso.
Una apuesta que merece respeto
Si Colombia quiere consolidar una paz estable y duradera, debe reconocer y respaldar los esfuerzos que se están realizando desde espacios legítimos de diálogo. La labor de Leonardo Muñoz Martínez y su equipo es un ejemplo de compromiso y de la posibilidad de construir un futuro sin violencia.
Perseguir y señalar a estos voceros, bajo el argumento de supuestas irregularidades, no solo es injusto, sino que también envía un mensaje de intolerancia que contradice los principios básicos de un Estado democrático. El país necesita más puentes y menos muros, más verdades y menos mentiras.











