Uribe, Abelardo y el negocio de partir a Colombia en dos

Uribe, Abelardo y el negocio de partir a Colombia en dos

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Por: Carlos Escobar Marín

El viernes 7 de agosto se posesiona Abelardo de la Espriella en Cali. Y antes de que empiecen los cuatro años de gritos, quiero dejar por escrito una cosa que llevo tiempo pensando y que casi nadie está diciendo.

Este país tiene un problema de método. No de ideología. De método.

Llevamos veinticinco años discutiendo a nuestros líderes con una herramienta que no sirve para medirlos, y después nos sorprendemos de que las discusiones no lleguen a ninguna parte.

Déjeme explicarle de dónde saqué esta idea, porque no fue en Colombia.

El problema salvadoreño
Cuando Nayib Bukele ganó El Salvador, los corresponsales del mundo entero llegaron a San Salvador con la misma pregunta en la libreta: ¿este hombre es de izquierda o de derecha?

Y ninguno la pudo contestar.

Miren el lío: empezó su carrera política en el FMLN, que es la vieja guerrilla convertida en partido. De ahí lo echaron. Llegó a la presidencia aliado con GANA, que era un partido de derecha. Hoy lo abrazan Trump y Milei. Y él, cuando le preguntaron directamente en una entrevista con la revista Time, contestó que no se considera ni de izquierda ni de derecha, que esa división nació en la Revolución Francesa y que ya ni siquiera es lo bastante vieja como para ser clásica. Después dijo algo todavía más provocador: que el mundo no se divide entre izquierda y derecha sino entre humanistas y extincionistas.

Uno puede estar de acuerdo o no. Pero fíjense en lo que pasó con la prensa internacional. Como la categoría no le servía, se pusieron a inventar categorías nuevas. «Milenial autoritario». «Populista pragmático». «El hombre fuerte».

Y ahí está la clave de todo lo que les quiero decir hoy: cuando un periodista tiene que inventarse una categoría, es porque la que traía no funcionaba.

Bueno. Hagamos ese mismo ejercicio, pero aquí.

El expediente de Uribe, no el judicial: el político
Le voy a pedir un favor. Por diez minutos, olvídese de si Álvaro Uribe Vélez le cae bien o le cae mal. Vamos a mirar la hoja de vida.

Primer dato que casi nadie menciona, y es el que más me sorprendió a mí cuando lo revisé: Uribe no salió del Partido Conservador. Salió del Partido Liberal. Alcalde de Medellín, senador entre el 86 y el 94, gobernador de Antioquia. Toda su carrera de ascenso, con el carné rojo. Y cuando llega a la presidencia en 2002 no lo hace con ninguno de los dos partidos históricos, sino con un movimiento que se inventó él mismo. Y ojo con esto, porque en la historia colombiana el liberalismo fue el partido de López Pumarejo, del Estado interventor, de la reforma agraria. Era el ala reformista del bipartidismo.

Segundo: sí, hubo un Uribe que la derecha adoró y con razones de sobra. Seguridad Democrática, duplicación del pie de fuerza, policía en todos los municipios, Plan Colombia a su máxima expresión, confianza inversionista con exenciones y zonas francas, TLC con Estados Unidos. Eso es derecha económica y es derecha en seguridad. Nadie lo va a negar y yo tampoco.

Pero es que el mismo gobierno hizo esto otro, y aquí es donde la conversación se pone incómoda para el lado contrario:

Masificó Familias en Acción, que son transferencias de plata directa a hogares pobres.

Amplió el régimen subsidiado de salud a niveles que este país nunca había visto.

Empujó la gratuidad escolar.

Montó la Banca de las Oportunidades para microcrédito popular.

Un presidente que reparte subsidios directos, universaliza salud subsidiada y crea banca estatal para el pobre no es un liberal de manual del Fondo Monetario. Un thatcherista de verdad le habría dicho asistencialista en la cara. Y de hecho hubo sectores del empresariado ortodoxo que se lo dijeron.

Y súmele los Consejos Comunales. Ocho, diez horas de televisión, el presidente sentado en un pueblo cualquiera oyendo a la gente de frente, pasando por encima de alcaldes, gobernadores y congresistas. Eso no es la derecha institucional de corbata. Eso es contacto directo líder-pueblo, que es exactamente el instrumento que la ciencia política le atribuye al populismo latinoamericano, del color que sea.

Y todavía falta el detalle que a mí me parece definitivo. Uribe no bautizó su proyecto «gobierno liberal» ni «gobierno conservador» ni «gobierno de derecha». Lo bautizó Estado Comunitario.

Comunitario.

Esa palabra no la escoge por accidente un hombre de extrema derecha. La escoge alguien que está tratando de decir: no me midan con esa vara. Es la misma jugada de Bukele. Con veinte años de anticipación.

Entonces, ¿por qué le pusieron el sello?

Mi respuesta es simple y la sostengo: a Uribe no lo etiquetan por su modelo económico ni por su política social. Lo etiquetan por la seguridad.

Porque en América Latina la mano dura quedó archivada como asunto de derecha. Si usted bombardea campamentos, si usted persigue guerrilla sin tregua, si usted no negocia bajo presión, entonces: derecha. Y si lo hace con la intensidad con que él lo hizo: extrema derecha.

Ahí hay un error de método. La firmeza contra un actor armado ilegal no es una posición ideológica. Es una decisión de Estado. Y en un país que llevaba cuarenta años secuestrado, esa decisión tuvo un respaldo que atravesó todas las clases sociales.

Ahora, no voy a hacer trampa, porque un texto que le saca el cuerpo a lo difícil no sirve para nada.

Quien defiende la etiqueta de extrema derecha no habla desde el aire. Se para en tres cosas concretas: los falsos positivos, las ejecuciones extrajudiciales cometidas por militares en ese periodo; la parapolítica, que mandó a la cárcel a decenas de congresistas de su coalición; y las chuzadas del DAS a magistrados, periodistas y opositores.

Y está el caso judicial, que hay que contar completo y no a medias como lo cuentan los dos bandos. En julio de 2025 un juzgado de Bogotá lo condenó en primera instancia por soborno en actuación penal y fraude procesal. En octubre de ese mismo año, el Tribunal Superior de Bogotá revocó esa condena y lo absolvió. En enero de 2026 la Fiscalía y las víctimas radicaron casación ante la Corte Suprema. Hoy el caso sigue abierto.

Yo no le voy a decir que nada de eso existe. Le voy a decir otra cosa: que nada de eso lo ubica ideológicamente. Un escándalo de derechos humanos no le asigna a nadie una coordenada en el eje izquierda-derecha. Le asigna una responsabilidad, que resolverá la justicia. Son dos discusiones distintas y en Colombia llevamos veinte años revolviéndolas para no tener que dar ninguna de las dos.

Ahora sí: el Tigre
Y llegamos al hombre que se posesiona el viernes 7 de agosto.

Abelardo de la Espriella nació en Bogotá en el 78, se crió en Montería, se graduó de abogado en la Sergio Arboleda en el 2000 y en el 2002 montó su firma. Penalista de casos estrella. Oficinas en Barranquilla, Bogotá, Medellín y Miami. Nunca ocupó un cargo público en su vida. Fundó su movimiento, Defensores de la Patria, en julio de 2025, y en menos de un año era presidente de Colombia. Casi trece millones de votos.

Ahora hágame el favor y aplíquele la misma regla que le aplicamos a Uribe. No la etiqueta. El expediente.

Le dicen ultraderecha. Y hay de dónde: Plan Colombia II con cooperación de Estados Unidos e Israel, siete megacárceles, reducción del Estado, regla fiscal a rajatabla, admiración declarada por Milei y por Trump. Eso es derecha dura y él no lo esconde, lo grita.

Pero vaya al programa. Léalo, no lo comente de oídas.

La fórmula vicepresidencial es José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda de Duque, un técnico de universidad, no un militante de tarima. Cuando se armó el escándalo de que iban a acabar con Matrícula Cero, Restrepo salió a decir que no solo la mantienen sino que meten más plata a las universidades públicas. Prometieron subir el subsidio de adulto mayor a cuatrocientos mil pesos. Profesionalizar el rol de las madres cabeza de familia. Un programa contra el hambre. Acceso a agua potable como prioridad. Condonación y renegociación de deudas del Icetex. Becas universitarias condonables por servicio social. Bienestar animal, que hasta antier era bandera exclusiva de la izquierda urbana.

Dígame usted en qué manual de la ultraderecha aparece subir subsidios, blindar la gratuidad universitaria y perdonar deudas de estudiantes.

Y el eje central de su discurso, el que le dio la elección, no es «izquierda contra derecha». Es «los de siempre contra los nunca». Los que siempre han estado y los que nunca han estado.

Eso no es un eje ideológico. Es un eje de adentro contra afuera. Es exactamente la misma jugada de Bukele con sus humanistas y extincionistas, y la misma de Uribe con su Estado Comunitario.

Tres hombres, tres países, tres décadas distintas, la misma maniobra: negarse a entrar en la casilla.

Lo que quiero que se lleven de aquí
Uribe y Abelardo son, en el fondo, el mismo fenómeno en dos épocas.

Uribe fue la respuesta de un país aterrorizado por el secuestro y el Caguán. Abelardo es la respuesta de un país aterrorizado por otras cosas: la extorsión, el desgobierno, un Estado que no responde el teléfono. Uribe llegó con carné liberal, con veinte años de cargos encima y con radio a las cinco de la mañana. Abelardo llegó sin un solo cargo público, con TikTok y con firmas.

El método cambió. El diagnóstico del elector, no.

Y aquí es donde quiero ser claro, porque no estoy diciendo que Abelardo vaya a ser un buen presidente. No tengo idea. Nadie la tiene. Uribe se juzga por un expediente de ocho años en el poder. Abelardo no tiene un solo día. Todo lo que escribí de él son promesas de campaña, y las promesas de campaña en Colombia tienen la vida útil de un mango maduro.

Lo que sí estoy diciendo es esto:

El que llega a gobernar de verdad, el que gobierna para el país entero y no para su barra, termina tocando teclas de los tres lados. Le da gusto a la derecha en seguridad y en empresa. Le da gusto al centro en institucionalidad y en cuentas claras. Y le da gusto a la izquierda en subsidios, en salud, en educación gratuita. No porque sea tibio. Porque un país es todo eso al mismo tiempo y no le queda de otra.

Al que no le funciona esto es al que vive de la pelea.

Porque piénselo bien: ¿a quién le sirve que usted esté convencido de que el otro es un demonio? A usted no. Usted sale a marchar, se pelea con su familia por WhatsApp, se traga la rabia y se devuelve a su casa a trabajar al otro día. El que gana es el que capitaliza esa rabia. El congresista que sin la polarización no sacaba mil votos. El columnista que sin el enemigo se queda sin columna. El contratista que se acomoda en el bando que ganó. El influenciador que factura por indignación.

Esas son economías privadas construidas sobre la división pública. Y el ciudadano de a pie ahí es el idiota útil. De los dos lados. De los tres.

La etiqueta no existe para que usted entienda a un político.

La etiqueta existe para que usted no tenga que hacerlo. Le ahorra el trabajo de leerse un programa de gobierno de trescientas páginas. Le entrega un veredicto gratis, empacado y listo para compartir.

Y ese ahorro se lo estamos pagando carísimo.

El viernes 7 de agosto se posesiona. Yo no le voy a dar cheque en blanco ni a él ni a nadie. Lo que propongo es más difícil que aplaudir y más difícil que abuchear: calificarlo por lo que haga, ministerio por ministerio, cifra por cifra, y no por la casilla en la que ya lo metimos antes de que empezara.

Eso, y no otra cosa, es ser de patria.